Les propongo la renovación del surrealismo: el neosurrealismo.
Acabo de dar con la sentencia anterior nombre a una corriente de pensamiento y arte que ha comenzado ya a volar y a anidar en las conciencias que me obligan a compartir con ellas mi coordenada temporal. Es un movimiento que mama del pecho de la misma madre dadaísta y que, sin embargo, ve al primogénito surrealismo acaparar la atención de la élite intelectual y huye para encontrar su fuerza en las actitudes que se regodean en la más absoluta miseria humana.
Entiéndase miseria no como algo con calificación inferior al aprobado en una escala moral que al parecer existe como algo común a todos los elementos de este rebaño de sociedad, sino como lo más bajo en cuanto a simpleza, a emoción y visceralidad en estado puro, a la ausencia de esa racionalidad que generosamente otorga sus matices peyorativos a tan misérrimo término.
Se trata del hijo desterrado que reaparece dando un puñetazo en la mesa y presentándose con la autoridad que le es propia por su origen. Se trata de la Gran Revolución, de la revuelta definitiva de las conciencias, de una maniobra exquisita para que de lo que quede de las cenizas de la última reflexión sobre la naturaleza humana renazca la auténtica independencia de la persona, para que se vea cómo va alcanzando a cada una de las individualidades de este conglomerado de mentes en stand by la libertad auténtica, que es la del pensamiento ordenado y visceral con los únicos propósitos del conocimiento y el arte.
Puede parecer a priori que el neosurrealismo son los últimos coletazos del único pez que quedaba sin pescar de una antigua especie (estirpe, me atrevería a decir yo). Nada más lejos de la realidad. Ordenado y visceral no es una antítesis que busca embellecer el texto sin aportar nada nuevo; para no aportar nada nuevo se inventó la televisión moderna. Ordenado y visceral es la descripción más exacta y completa que se puede alcanzar de este pensamiento neosurrealista que propugno y trato de comenzar a definir aquí. Es, en efecto, una contraposición de propiedades, pero entendiendo como contraposición no la reunión de dos términos irreconciliables sino la colaboración de ambos, un encuentro constructivo de lo que tradicionalmente se ha separado por conveniencia, porque los efectos de su unión son devastadores. Visceral garantiza la autenticidad de los resultados de una reflexión y ordenado desplaza casi hasta el infinito el alcance de la reflexión. Nos encontramos consecuentemente ante la victoria definitiva de la expresión artística y el uso efectivo de la potencialidad racional humana.
La asunción de estos principios como propios por parte del artista (quede claro con esto que cualquier neosurrealista es artista porque esto segundo es condición indispensable para lo primero, y quede claro también que esta acepción de artista incluye a cualquier filósofo que alcance la dignidad de llamarse así) supone la aceptación de una moral (llámela pseudomoral quien lo prefiera) que en ningún caso es incompatible con cualquier otra moral preexistente. Y no lo es porque en realidad sólo supone un cambio de actitud, una manera nueva de observar el contexto. Es una visión amplificada de la realidad, tan amplificada que extiende los límites de la realidad hasta donde antes no existía realidad sino ficción. Evidentemente, al definir un conjunto más amplio, es otra la solución que satisface la ecuación, pero es una solución que debe aproximar suficientemente bien la primera en el subconjunto inicial.
No se entiende, pues, el neosurrealismo sin que se entiendan las carencias que caracterizan el entorno del artista neosurrealista: son estas carencias la fuente de rabia e inspiración, de rebeldía, de una actitud ciclotímica que sobrevive entre el arrojo y las energías de un líder carismático y la dejadez y la preferencia por los sueños de quien una vez envejecido se arrepiente de no haberlo sido.
No se entiende porque no se puede ser neosurrealista sin haber observado (no digo visto) en primera persona el cortejo fúnebre que acompaña al pensamiento, y con él a toda la humanidad, y haber intentado llamar la atención de los que aún, agonizando, se debaten entre la vida y la muerte sin saberlo. Y no se entiende porque no se puede ser neosurrealista sin haber pensado alguna vez que todo ha terminado para las personas y que ha llegado la hora de volver a conformarse con el homo sapiens.
Al hablar de carencias me refiero, claro está, a un falta generalizada de actitudes elevadoras y al desprecio que abierta y desvergonzadamente se expresa hacia las que sí lo son, pero no es mi intención extender este discurso a otras áreas pese a que estén íntimamente relacionadas. Espero recordar que he de volver sobre ellas.
Concluyo esta pequeña reflexión con la esperanza de que sirva de preludio a un Manifiesto neosurrealista que acabará por llegar (pronto, por el bien de la cultura) e inundará, si se le permite, las bibliotecas, librerías, galerías, teatros... con una renovación del concepto de arte. Un concepto que se extenderá hasta fundirse con el término intelectualidad; un concepto que será la base que sostenga la nueva música, la nueva literatura, la nueva pintura, la nueva danza, la nueva filosofía y un sinfín de ramas (lamento no escribirlas todas, me agotaría) que hagan evolucionar las conciencias hasta hacerlas críticas e incansables, hasta inundarlas de un espíritu creador que elimine la homogeneidad del pensamiento; un concepto que permitirá al artista ser auténticamente creador. De este modo, como creador, como autor del que espero que sea el primer texto de muchos manifiestamente neosurrealistas, me despido creando: ¡SEA LA REVOLUCIÓN DE LAS CONCIENCIAS!
Puede parecer a priori que el neosurrealismo son los últimos coletazos del único pez que quedaba sin pescar de una antigua especie (estirpe, me atrevería a decir yo). Nada más lejos de la realidad. Ordenado y visceral no es una antítesis que busca embellecer el texto sin aportar nada nuevo; para no aportar nada nuevo se inventó la televisión moderna. Ordenado y visceral es la descripción más exacta y completa que se puede alcanzar de este pensamiento neosurrealista que propugno y trato de comenzar a definir aquí. Es, en efecto, una contraposición de propiedades, pero entendiendo como contraposición no la reunión de dos términos irreconciliables sino la colaboración de ambos, un encuentro constructivo de lo que tradicionalmente se ha separado por conveniencia, porque los efectos de su unión son devastadores. Visceral garantiza la autenticidad de los resultados de una reflexión y ordenado desplaza casi hasta el infinito el alcance de la reflexión. Nos encontramos consecuentemente ante la victoria definitiva de la expresión artística y el uso efectivo de la potencialidad racional humana.
La asunción de estos principios como propios por parte del artista (quede claro con esto que cualquier neosurrealista es artista porque esto segundo es condición indispensable para lo primero, y quede claro también que esta acepción de artista incluye a cualquier filósofo que alcance la dignidad de llamarse así) supone la aceptación de una moral (llámela pseudomoral quien lo prefiera) que en ningún caso es incompatible con cualquier otra moral preexistente. Y no lo es porque en realidad sólo supone un cambio de actitud, una manera nueva de observar el contexto. Es una visión amplificada de la realidad, tan amplificada que extiende los límites de la realidad hasta donde antes no existía realidad sino ficción. Evidentemente, al definir un conjunto más amplio, es otra la solución que satisface la ecuación, pero es una solución que debe aproximar suficientemente bien la primera en el subconjunto inicial.
No se entiende, pues, el neosurrealismo sin que se entiendan las carencias que caracterizan el entorno del artista neosurrealista: son estas carencias la fuente de rabia e inspiración, de rebeldía, de una actitud ciclotímica que sobrevive entre el arrojo y las energías de un líder carismático y la dejadez y la preferencia por los sueños de quien una vez envejecido se arrepiente de no haberlo sido.
No se entiende porque no se puede ser neosurrealista sin haber observado (no digo visto) en primera persona el cortejo fúnebre que acompaña al pensamiento, y con él a toda la humanidad, y haber intentado llamar la atención de los que aún, agonizando, se debaten entre la vida y la muerte sin saberlo. Y no se entiende porque no se puede ser neosurrealista sin haber pensado alguna vez que todo ha terminado para las personas y que ha llegado la hora de volver a conformarse con el homo sapiens.
Al hablar de carencias me refiero, claro está, a un falta generalizada de actitudes elevadoras y al desprecio que abierta y desvergonzadamente se expresa hacia las que sí lo son, pero no es mi intención extender este discurso a otras áreas pese a que estén íntimamente relacionadas. Espero recordar que he de volver sobre ellas.
Concluyo esta pequeña reflexión con la esperanza de que sirva de preludio a un Manifiesto neosurrealista que acabará por llegar (pronto, por el bien de la cultura) e inundará, si se le permite, las bibliotecas, librerías, galerías, teatros... con una renovación del concepto de arte. Un concepto que se extenderá hasta fundirse con el término intelectualidad; un concepto que será la base que sostenga la nueva música, la nueva literatura, la nueva pintura, la nueva danza, la nueva filosofía y un sinfín de ramas (lamento no escribirlas todas, me agotaría) que hagan evolucionar las conciencias hasta hacerlas críticas e incansables, hasta inundarlas de un espíritu creador que elimine la homogeneidad del pensamiento; un concepto que permitirá al artista ser auténticamente creador. De este modo, como creador, como autor del que espero que sea el primer texto de muchos manifiestamente neosurrealistas, me despido creando: ¡SEA LA REVOLUCIÓN DE LAS CONCIENCIAS!
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